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El Bajo Pueblo

Chinganas, vagabundos y huachos: formas de vida en Chile tradicional

Extracto del documento de Pablo Camus: Los Rasgos y Caracteres del chileno. Notas sobre la formación de la Conciencia Nacional. Noviembre de 1998.

El Bajo Pueblo


En los estratos bajos durante los siglos XVI y XVII se notaban cinco sectores diferenciados: mestizos, negros, mulatos, zambos e indios, no obstante que este último sector se encontraba bajo una legislación especial. A partir del siglo XVIII estos grupos socioraciales comenzaron a uniformarse, pues el intenso mestizaje entre ellos terminó por conformar un sólo gran sector al que se le denominó Bajo Pueblo.
En general, es un sector social que no posee tierras, hecho que le impide enraizarse y formar familia o asentar cabeza. De esta manera, se conforma como un grupo eminentemente vagabundo, que se desplaza por los grandes espacios geográficos de frontera, especialmente del Maule al sur, trabajando temporalmente en las grandes haciendas, con una vida errante y muchas veces colindante con el robo, el pillaje y los crímenes.

Gabriel Salazar los ha descrito del siguiente modo: los peones no formaban familia. Se sentían compelidos, más bien, a andar la tierra. En camino a otros valles, de vuelta de otros fundos, en busca de otras minas. Escapando a los montes. Atravesando la cordillera. Apareciendo, desapareciendo. Dormían a cielo descubierto, o en cualquier rancho disperso que hallaban en su travesía. Sus hijos, por lo tanto, no dormían junto a ellos. Tan sólo se noticiaban, de repente de que su padre andaba en los cerros de tal parte arreando quién sabe qué tropillas de animales. O que lo habían visto en los valles de Coquimbo donde lo habían visto oficiando de pallangueros. O en eternizadas conversaciones de negocios en el pueblo vecino. Y aún podían pasar años sin que se tuviera ningún noticiamiento de él. Hasta que alguien avisaba que estaba preso, que lo habían herido en una riña de borrachos. Que lo habían visto convicto, enjaulado y engrillado, reparando el camino al puerto. O que lo habían agarrado en una leva, que lo habían hecho servir en el ejército, que se había desertado. Que, en fin, se había hecho cuatrero.

En este contexto, parte del Bajo Pueblo era un sector difícil de controlar, pues no reconocía jerarquía, privilegios ni espacio dentro del orden patronal existente. Abundaba el pillaje, los juegos, el alcohol y las peleas a cuchillo. Inclusive para algunos daba prestigio no participar en las faenas productivas de los dueños de las haciendas, hecho denominado en la época por los propietarios como Ociosidad Popular.

Pero tampoco había espacio para ellos. Todos sabían que un peón no podía ni el mismo mantenerse con el jornal que pagaban entonces por su trabajo. Que las más de las veces se les obligaba a trabajar a ración y sin salario. Que por hallarse en el camino y sin ocupación se le consideraba un vagabundo mal entretenido, por lo cual se le acosaba y se le perseguía.

En suma, eran hombres sospechosos de nacimiento: sin hogar, hijos naturales abandonados a su suerte, sin tierras y sin posibilidades de trabajo estable, que vagaban por los campos sin rumbo fijo, en medio de la violencia y el alcohol. Poco a poco el padre ausente se iba distanciando y transformándose en una especie de leyenda para los niños. A veces admirado y deseado pero las más de las veces temido y rechazado.

Otro sector estaba formado por los inquilinos, quienes se situaban preferentemente en los límites de las haciendas cuidando los territorios del señor y trabajando en las faenas agropecuarias de la gran propiedad. Se les autorizaba bajo numerosas condiciones, entonces, a tener algunos animales, cultivar sus propios alimentos y asentarse en una vivienda. Esto les permitió tener una mujer y formar familia y ser un estrato más integrado al orden y a la organización económico-social agraria de Chile.

No es aventurado señalar que estos arquetipos aún permanecen en la memoria colectiva y todavía forman parte de la identidad nacional. Por un lado, el chileno ordenado, sumiso y obediente que asume sus labores sin grandes cuestionamientos, aceptando la formalidad del contexto en que se inserta.
Por otro, el chileno bullanguero, que se resiste a ser sometido íntegramente en el orden social existente. Hay múltiples manifestaciones de ello, como en el pasado fueron los vagabundos y bandidos, en el presente son aquellos que de alguna u otra forma transgreden el orden social, ya sea a través de las barras de fútbol, los conciertos de rock o bien en el bar de la esquina conversando con los amigos.

Mujeres y abandono de niños del bajo pueblo

Las mujeres realizaban un trabajo productivo de autosubsistencia. Estaban asentadas en una economía familiar junto a sus niños, los miles de huachos chilenos. Labraban la tierra en sus pequeñas chacras y realizaban diversas actividades artesanales y comerciales. Era común ver grupos de mujeres tejedoras trabajando junto al rancho, lavando, cocinando o atendiendo a los transeúntes.

Un sector de mujeres se dedicó al comercio alegre (ej. Villa Alegre) que consistía en venta de comidas, bebidas, alcohol, albergue y entretención a campesinos de paso y vagabundos. A estos lugares, abiertos a cualquier caminante, se les llamaba Chinganas y se convirtieron en un espacio de sociabilidad popular y de planificación de nuevos asaltos y delitos.

Muchos servicios prestados al viajero se hacían por favor. Así, en algún otro momento, el peón volvía y agradecía con ganado, dinero u objetos de valor. Este grupo de mujeres fue objeto de una profunda y permanente represión moral por parte de la aristocracia, el gobierno y la Iglesia. Se les llamaba las chinas que aposentaban a los bandidos errantes y eran acusadas de adulterio, de amancebamiento o de prostitución. Muchas veces sus niños y niñas se les confiscaban y eran convertidos en sirvientes domésticos. Con todo, en esta realidad se origina el matriarcado de la mujer chilena y la figura del padre ausente. Este fenómeno no disminuye conforme nos acercamos al siglo XX. La proporción de niños ilegítimos nacidos en Chile entre 1848 y 1916 aumentó, desde un quinto del total de los nacidos, a más de un tercio. Incluso algunos documentos sugieren que esta relación pudo haber sido superior.

El historiador Gabriel Salazar nos entrega la siguiente imagen sobre la percepción de un huacho chileno de su padre:
A veces, como merodeando, (papá) aparecía por el rancho de mamá. Como un proscrito culpable, corrido, irresponsable. Despojado de toda aureola legendaria. Traía regalos, claro, algo para mamá: una yegua, un cabrito, una pierna de buey. Pero venía siempre acompañado. Un socio de mirada torva, oscuro, tan proscrito como él. Se aposentaba en casa tres o cuatro días pero apenas si, de lejos, echaba una mirada a sus hijos. ¿Para que más? Permanecíamos mutuamente distantes, como extraños. Hasta que, de pronto, la visita terminaba generalmente en una borrachera o en un violento altercado con mamá. Es la arquetípica imagen del roto chileno, sin dios ni ley.

En este contexto errante está claro que una buena parte de los niños era abandonados tanto por su padre como por su madre, proceso en el que también muchos niños alcanzaban inclusive la muerte. Estudios realizados por historiadores como René Salinas plantean que más de 100.000 niños abandonados fueron recibidos por los orfanatorios del país entre 1770 y 1926 (156 años). Pero evidentemente esto no es más que la punta de un iceberg cuya profundidad ignoramos por completo. Probablemente uno de cada diez nacidos fue abandonado por la pareja que lo gestó. Salazar plantea que en 1900, en los distritos pobres, casi los dos tercios de los nacidos constituían casos de niños huachos.

No obstante, no es posible plantear el abandono de niños como una maldad intrínseca sin considerar las circunstancias en que se produjeron. El abandono fue un recurso extremo utilizado para evitar el aborto, el infanticidio o la muerte por hambre del hijo que no se podía conservar ni alimentar, prácticas muy comunes hasta el siglo XIX. En este contexto, por ejemplo, se estableció en Santiago, por medio de la caridad, la Casa de Expósitos donde, sin embargo, la mortalidad de niños fue horrorosa por falta de condiciones adecuadas.

Por ejemplo, en 1893, el administrador de la Casa de Huérfanos, señalaba que los padres, ante la inminencia de la muerte de sus hijos, concurrían: a depositar al menor a la Casa de Huérfanos y así quedan libres de todo apremio (1 a 30 días de cárcel y 1 a 30 pesos de multa) por la omisión de todo pago de dinero por el entierro, de todo gasto por el acompañamiento y no pierden tiempo en la tramitación para la sepultura y el entierro.
Con todo, en la mayoría de los casos las mujeres se hacían cargo de sus propios hijos. La madre debía cargarlos en tropel donde quiera que ella fuese. Si era lavandera la seguían a los pilotes y acequias, donde junto a otros huachos estorbaban el día entero, formaban pandillas y obligaban a intervenir incluso a la policía (imagen del pelusa). Si era fritanguera la seguían hasta las cañadas, plazuelas y descampados donde instalaban sus cocinas, mesones y ventas.

En este contexto, nuestro país presentaba, a inicios del siglo XX, una de las tasas de mortalidad infantil más altas del mundo según algunos expertos, manteniéndose sobre los 300 por mil y llegando incluso a 502 por mil en 1900.




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